jueves, 3 de abril de 2008

Las raíces de la crisis financiera de los Estados Unidos

Por Jeffrey D. Sachs

CAMBRIDGE – Los desesperados intentos de la Reserva Federal de los Estados Unidos para impedir que la economía de este país se hunda son notables por al menos dos razones. En primer lugar, hasta hace tan sólo unos meses, la opinión general era la de que los EE.UU. evitarían la recesión. Ahora ésta parece segura. En segundo lugar, las intervenciones de la Reserva no parecen eficaces. Aunque se han reducido drásticamente los tipos de interés y la Reserva ha prodigado liquidez a los bancos que se han quedado sin ella, la crisis se ha acentuado.
En gran medida, la crisis de los EE.UU. fue provocada por la Reserva, ayudada por las ilusiones que se hacía el gobierno de Bush. Un culpable principal no fue otro que Alan Greenspan, que dejó al actual Presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, una situación terrible, pero este último fue uno de los gobernadores de la Reserva en el período de Greenspan y tampoco él diagnosticó correctamente los problemas en aumento debidos a sus intervenciones.
La crisis financiera actual tiene sus raíces inmediatas en 2001, en medio del fin del auge de Internet y la conmoción provocada por los ataques terroristas del 11 de septiembre. En aquel momento fue cuando la Reserva abrió los grifos monetarios para intentar luchar contra una desaceleración económica. La Reserva derramó dinero en la economía de los EE.UU. y redujo drásticamente su principal tipo de interés –el de los fondos federales– del 3,5 por ciento en agosto de 2001 a tan sólo el 1 por ciento a mediados de 2003. La Reserva mantuvo ese tipo demasiado bajo y durante demasiado tiempo.
Por lo general, la expansión monetaria facilita el endeudamiento y reduce sus costos en toda la economía. También suele debilitar la moneda y aumentar la inflación. Todo eso empezó a suceder en los EE.UU.
Lo distintivo de esta ocasión fue que el nuevo endeudamiento se concentró en la vivienda. Por lo general, es cierto que los tipos de interés más bajos estimulan la compra de viviendas, pero esta vez, como ahora ha quedado de manifiesto, los bancos comerciales y de inversión crearon nuevos mecanismos financieros para ampliar el crédito destinado a viviendas a personas poco solventes. La Reserva no quiso regular esos procedimientos dudosos. Prácticamente cualquiera podía endeudarse para comprar una casa con poco o ningún pago inicial y pago de intereses durante muchos años en el futuro.
Cuando el auge de los préstamos para viviendas se consolidó, pasó a autointensificarse. El aumento de la compra de viviendas aumentó los precios de éstas, con lo que los bancos pensaron que era seguro prestar dinero a personas poco solventes. Al fin y al cabo, si no hacían frente a sus pagos, la propiedad de sus casas pasaría, revalorizada, a los bancos: al menos ésa era la teoría. Naturalmente, sólo funciona mientras suban los precios de la viviendas. Una vez que llegan a su tope máximo y empiezan a bajar, las condiciones de los créditos se endurecen y los bancos se encuentran con la propiedad de casas cuyo valor no cubre el valor de la deuda.
Lo asombroso ha sido que la Reserva, dirigida por Greenspan, se quedara con los brazos cruzados mientras el auge del crédito se aceleraba y se disparaba hacia un desplome posterior. Hubo algunos que no participaron, pero no muchos en el propio sector financiero. Los bancos estaban demasiado ocupados cobrando las mensualidades de los nuevos préstamos y pagando a sus directores primas extravagantes.
En un momento decisivo de 2005, cuando era gobernador, pero aún no Presidente de la Reserva, Bernanke describió el auge de la vivienda como el reflejo de un sistema financiero prudente y bien regulado, no una burbuja peligrosa. Sostuvo que cantidades inmensas de capital extranjero pasaban por los bancos estadounidenses hacia el sector de la vivienda porque los inversores internacionales apreciaban “la profundidad y la complejidad de los mercados financieros del país (que, entre otras cosas, han permitido un acceso fácil de las familias a la riqueza inmobiliaria)”.
Durante 2006 y 2007, la burbuja financiera que ahora está derribando instituciones financieras en tiempos poderosas llegó a su tope máximo. Entonces los balances de los bancos se llenaron con enormes cantidades de hipotecas en peligro, envueltas en complicados productos financieros que dificultaban la evaluación de los riesgos. Los bancos empezaron a aminorar su ritmo de concesión de nuevos créditos y la morosidad en las hipotecas empezó a aumentar. Los precios de las viviendas llegaron a su tope máximo a medida que se redujeron los préstamos y después los precios empezaron a bajar. La burbuja inmobiliaria estaba reventando en el otoño pasado y los bancos con gran cantidad de hipotecas empezaron a comunicar pérdidas enormes, a veces lo bastante grandes para destruir el banco, como en el caso de Bear Stearns.
Al reducirse el gasto con el desplome de la vivienda, la Reserva, para intentar prevenir una recesión y ayudar a los bancos con balances frágiles, ha estado reduciendo los tipos de interés desde el otoño de 2007, pero esta vez la expansión del crédito no se está dirigiendo a la construcción de viviendas, sino a la especulación con los precios de las materias primas y las divisas extranjeras.
La política de dinero fácil de la Reserva está alimentando ahora la inflación de los EE.UU. y no la recuperación. Los precios del petróleo, de los alimentos y del oro han saltado hasta niveles sin precedentes y el dólar se ha depreciado hasta niveles nunca vistos. Ahora un euro cuesta casi 1,60 dólares frente a 0,90 dólares en enero de 2002. Sin embargo, la Reserva, con sus intentos desesperados de evitar una recesión en los EE.UU., sigue derramando dinero en el sistema e intensificando las presiones inflacionistas.
Tras haber alimentado un auge, ahora la Reserva no puede impedir como mínimo un descenso durante un período corto de la economía de los EE.UU. y tal vez algo peor. Si intensifica demasiado la continua expansión monetaria, no impedirá una depresión profunda, sino que, al contrario, podría crear estanflación: inflación junto con contracción económica. La Reserva debe procurar evitar el menor desplome de la liquidez al tiempo que mantiene controlada la inflación y una ayuda injustificada para los préstamos bancarios con riesgo financiada por los contribuyentes.
En todo el mundo puede haber efectos similares, en la medida en que los bancos extranjeros se encuentren también con hipotecas estadounidenses impagadas en sus balances o si, en el peor de los casos, se consolida una crisis financiera general. Sin embargo, aún existen posibilidades de que el bache económico de los EE.UU. quede limitado principalmente a este país, en el que se han concentrado el auge y la depresión de la vivienda. Creo que los daños para el resto de la economía mundial pueden seguir siendo limitados.

Fuente: Proyect Syndicate

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